RADIOGRAFÍA SENTIMENTAL DEL CHAVISMO (XX): GOBIERNO. Por Reinaldo Iturriza

En los espacios comprometidos con la defensa de la revolución bolivariana se plantea con muchísima frecuencia el problema de la relación con el Gobierno.

Posiciones hay muchas, y sin embargo suele haber un acuerdo en torno a una cuestión básica: la pérdida del poder supondría, sin la menor duda, una escalada de la violencia represiva, una espiral creciente de persecución y muerte, en el mejor de los casos el exterminio selectivo de los liderazgos populares, cuando no una verdadera razzia para eliminar de raíz toda posibilidad de resistencia y reorganización de fuerzas.

El actual margen de maniobra, todavía muy amplio a pesar de todo, se vería reducido prácticamente a cero. Nos enfrentaríamos a una situación límite que, muy probablemente, obligaría al menos a una parte de la militancia a asumir otras formas de lucha, en circunstancias desventajosas.

Al respecto, insisto, no queda la menor duda: no son pocas las veces que, durante los últimos veinte años, hemos tenido la oportunidad de mirar de frente la cara del fascismo. Sus portavoces, animados por el característico espíritu de revancha de la burguesía, hablan a sus anchas, de la forma más impúdica y grotesca, de la necesidad de aleccionar al pueblo chavista.

No se trata, como pudiera pensarse, de imaginar lo peor para acertar, sino de una certeza que nace de un examen de los hechos, de lo que han sido capaces de hacer para intentar derrotar a la revolución bolivariana, recurriendo a prácticas que no pueden calificarse sino de genocidas, y de la obligación de tomar previsiones frente a las que son sus intenciones manifiestas.

Salvo muy puntuales excepciones, solo quienes están completamente desvinculados de los espacios de militancia pueden permitirse la ligereza de plantearse el falso dilema de si es preferible o no un Gobierno chavista.

Luego, por supuesto, está la caracterización que desde cada uno de estos espacios se hace del Gobierno. Posiciones más o menos críticas hay muchas, como ya adelantaba, pero casi todas parten del común acuerdo ya referido.

Otro punto en común, implícito en lo que he planteado hasta ahora, es que resulta indispensable hacer la crítica al Gobierno. Por una razón simple: sin crítica es imposible corregir entuertos. Es una obviedad tal que el asunto no merece la más mínima polémica. Solo los elementos más conservadores pueden alegar, a estar alturas, que la crítica es contraproducente, y naturalmente lo hacen, pero semejante posición solo provoca la repulsa general.

Hay críticas impertinentes, extemporáneas, o que pueden ser muy legítimas, pero pierden toda eficacia cuando son formuladas por personajes de dudoso talante ético y político. No es a éstas a las que me refiero. Asimilar cualquier crítica, por incómoda que pueda ser, con aquellas, es una práctica deshonesta. No pueden compararse las imposturas del “chavismo crítico”, por poner un ejemplo, con la genuina crítica popular, incluso si es hecha por el pueblo que no se identifica con el chavismo, y mucho menos con la crítica del pueblo chavista organizado.

Por más contradictorio que pueda parecer, precisamente porque no podemos descartar la posibilidad del retorno al poder de la derecha más rancia y criminal, y porque tenemos que hacernos cargo de las consecuencias que ello acarrearía, nuestra peor opción es limitarnos a una defensa acrítica del Gobierno, creyendo que con ello estamos defendiendo a la revolución bolivariana.

El problema con la defensa acrítica es que tiene poco de defensa eficaz y demasiado de conservación, y es muy difícil conservar o hacer que prevalezca lo que no es susceptible de ser mejorado o corregido a través de la crítica.

La crítica con eficacia política, esto es, aquella que contribuye a identificar oportunamente errores, desviaciones, omisiones, inconsecuencias, injusticias y daños, y pone sobre la mesa posibles formas de corregirlos, combatirlas y resarcirlos, es vital para conjurar la posibilidad de la pérdida del poder político. Dicho de otra manera, es la única manera posible de defender al Gobierno, fortaleciendo, al mismo tiempo, a la revolución bolivariana.

Así concebida, la crítica es en sí misma una forma de gobernar revolucionariamente, una manera de asumir nuestra responsabilidad política, puesto que la tarea de gobernar no es algo reservado exclusivamente a funcionarios y dirigentes.

La defensa acrítica, en cambio, es como un boxeador que se sube al ring y, tras el campanazo, decide permanecer con la defensa baja, exponiéndose a recibir una andanada de golpes que eventualmente lo podría llevar a la lona, bien sea porque decidió no pelear, porque sobreestima su propia fuerza o porque confía en que, cuando esté a punto de ser derribado, lo salvará la campana.

No por estar sobre el ring el boxeador está dando la pelea.

Para pelear hay que estar en condiciones de defenderse o, dicho a la manera chavista, de contraatacar, lo que supone la evaluación oportuna de puntos fuertes y débiles, trabajando con especial énfasis sobre estos últimos, para ser lo menos vulnerables posible.

La crítica con eficacia política, entonces, equivale al entrenamiento necesario, que debe ser permanente, porque permanente es la pelea, y porque además el contrincante no pelea limpio.

Incluso así, haciendo todo lo que corresponde, no hay que descartar la posibilidad de ser derribados. En tal caso, si nos hemos entrenado a fondo, estaremos en mejores condiciones para levantarnos. Si hemos sido indisciplinados, irresponsables, confiados, lo más seguro es que permanezcamos en la lona al término del conteo.

El punto es que, en caso de derrota, no tendremos otra opción que prepararnos para la próxima pelea. Entonces vendrán los lamentos: si hubiéramos hecho lo necesario… No esperemos ese momento. Lo necesario hay que hacerlo ahora que estamos sobre el ring, en pleno combate por el título.

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