CUARENTENA: ENFERMEDAD CONTAGIOSA (I). Por Reinaldo Iturriza

El 6 de abril de 2017, Julio Borges, entonces presidente de la Asamblea Nacional, y diputado por el ultraderechista partido Primero Justicia, ofreció unas polémicas declaraciones a la salida de una reunión con el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro. Según Borges, la “crisis de Venezuela”, y específicamente el “problema social de las migraciones”, debían ser considerados como una “enfermedad contagiosa para toda la región”. Luego de referir cifras de migrantes venezolanos en Colombia, Panamá, República Dominicana, Chile, Argentina y Brasil, calificó a Venezuela como “el foco de todo lo que significa la degradación social” (1).

Tales declaraciones fueron reseñadas ampliamente a través de medios públicos (2), y al menos parte de la sociedad venezolana reaccionó indignada, calificándolas como ominosas, denigrantes e injustificadas.

Sin embargo, no era la primera vez que Julio Borges se expresaba en tales términos. El 1 de marzo del mismo año, en una entrevista concedida a un periódico dominicano, declaró que la venezolana “es una sociedad que se está deshumanizando completamente”. Sin ofrecer mayores detalles, relató: “La semana pasada un hermano mató a otro por un pedazo de pan”. Más adelante, agregó que el “problema venezolano” representaba un “problema regional”, es decir, “una especie de enfermedad contagiosa y que tiene que ver con el tema de las migraciones masivas”, entre otros problemas, y que estos amenazaban con la “destrucción de la paz y la estabilidad en la región” (3).

Pocos días después, el 7 de marzo, a través de su cuenta Twitter, sentenció: “América Latina es ahora otra región y el gobierno es una enfermedad contagiosa que pone en riesgo su democracia y progreso” (4).

El 31 de marzo, en rueda de prensa desde la Asamblea Nacional, declaró: “Venezuela se ha convertido en un país que es un problema para toda la región y en una enfermedad contagiosa… No solamente por el problema migratorio… No solamente se trata de esta triste desbandada y éxodo de venezolanos, sino también de problemas que están ligados a quienes están en el poder en Venezuela: problemas de narcotráfico… terrorismo… militarismo… de grupos paramilitares armados en suelo venezolano. Hoy por hoy la paz de la región depende de la democracia en Venezuela” (5).

Días después de su reunión con el Secretario General de la OEA, The Washington Times publicó una entrevista en la que Julio Borges insistió: “Venezuela ya no es un problema local de gobernabilidad y autoritarismo, sino una enfermedad contagiosa que tiene raíces y tentáculos en todos los problemas de la región” (6).

Con toda seguridad, una revisión exhaustiva de las intervenciones públicas de Borges durante los primeros meses de 2017 demostraría que el diputado empleó el mismo discurso en otras oportunidades. La relación hecha aquí es suficiente en el sentido de que nos permite verificar esta regularidad discursiva, la repetición indiscriminada de los mismos tópicos, y particularmente la relación que establece entre el fenómeno migratorio y la metáfora de la enfermedad contagiosa.

Más allá incluso de la figura de Julio Borges, y sin que esto implique en lo absoluto salvar su responsabilidad política, lo importante es el contenido del discurso, las condiciones históricas que le hacen posible y los efectos de poder que persigue y produce.

No queda la menor duda de que Borges está repitiendo deliberadamente un discurso aprendido o, más precisamente, un discurso que muy probablemente fue decidido o fraguado en otra parte. El diputado es relevante sobre todo en la medida en que es el agente que vehiculiza ese discurso.

En primer lugar, Borges es un agente de líneas de fuerza que persiguen activamente el involucramiento de otros factores de poder en la situación política venezolana. Esas líneas de fuerza tienen una presencia nacional, pero también más allá de las fronteras nacionales, fundamentalmente en Estados Unidos, que por demás actúa como soberano imperial a escala global.

El cálculo es más o menos como sigue: el involucramiento de otros factores de poder es indispensable para resolver el conflicto político venezolano a favor de las fuerzas nacionales y transnacionales que encarna Borges, apenas un vector de una espesa trama global; lo que de paso es un reconocimiento indirecto de la debilidad relativa de estas fuerzas: por sí mismas no han sido capaces de resolver la situación.

En este contexto, descrito de manera muy esquemática, es que cobra sentido el empleo de la metáfora de la enfermedad contagiosa: el “problema venezolano” ya dejó de ser tal, y pasó a convertirse en un problema que amenaza la paz, la estabilidad, la democracia y el progreso de toda la región. La “triste desbandada” de venezolanos, su presencia creciente en varios países latinoamericanos y del Caribe, vendría a ser la más clara demostración de ello.

Ahora bien, lo más problemático del discurso que transmite Borges es que la enfermedad contagiosa no está encarnada exclusivamente por el régimen autoritario o dictatorial, para expresarlo en sus términos, sino por los propios migrantes, agentes de la “degradación social”, que se esparcen por toda la región como una especie de virus. En otras palabras, no conforme con crear una “sociedad que se está deshumanizando completamente”, el régimen venezolano estaría exportando contingentes degradados y deshumanizados.

¿Cómo contener el contagio? Precisamente a través del activo involucramiento de las naciones receptoras, y por tanto víctimas de estos agentes de la degradación social que son los migrantes venezolanos, sumado a todo el esfuerzo por “crear la máxima presión internacional” (7) contra el Gobierno venezolano, por supuesto liderada por la Administración Trump. Reveladoramente, en la entrevista con The Washington Times, Borges destaca la relevancia que reviste el papel que él mismo desempeña: es “muy importante para nosotros ser un factor que ayude” a crear tal presión.

En la misma entrevista, Borges iba más allá, y se atrevía a recomendar medidas que podría implementar la Administración Trump: “[Podrían bloquear] el intercambio político o comercial con Venezuela… lo que significaría el completo aislamiento del país, un país bajo cuarentena”.

La recomendación era perfectamente coherente: para contener la enfermedad contagiosa es preciso una cuarentena.

Casi exactamente dos años después, el 1 de abril de 2019, a las afueras de la Casa Blanca, un periodista estadounidense preguntaba a Donald Trump si estaba considerado imponer un “bloqueo” o “cuarentena” a Venezuela, dada su estrecha relación con gobiernos como los de China e Irán. La respuesta fue un lacónico: “Sí” (8).

Y fue como si Trump respondiera afirmativamente, al menos por primera vez de manera pública, a su agente en Venezuela, aunque, a decir verdad, hace ya un tiempo que Julio Borges no pisa suelo venezolano. Por supuesto, en el caso de Borges, quien desde finales de agosto de este año ejerce funciones como “canciller” del diputado Juan Guaidó, cabe hablar de un exiliado, perseguido por la dictadura venezolana, y no de un agente de la “degradación social”.

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(1) Borges: “Crisis en Venezuela puede convertirse en enfermedad contagiosa”. Voz de América, 6 de abril de 2017.

(2) Julio Borges dice que la emigración venezolana es una «enfermedad contagiosa» para los países de la región. Alba Ciudad, 16 de abril de 2017.

(3) Abel Guzmán Then. “Nuestra Venezuela se está deshumanizando, y es como una enfermedad contagiosa”. Diario Libre, 1 de marzo de 2017.

(4) https://twitter.com/JulioBorges/status/839177911433310212?s=20

(5) Julio Borges: Venezuela es una enfermedad contagiosa para toda la región. 31 de marzo de 2017.

(6) Frederic Puglie. Venezuelan opposition leader sees positive effect from Trump’s blunt diplomacy. The Washington Times, 17 de abril de 2019.

(7) Frederic Puglie. Venezuelan opposition leader sees positive effect from Trump’s blunt diplomacy. The Washington Times, 17 de abril de 2019.

(8) Jennifer A Dlouhy y Samy Adghirni. Trump Says He’s Considering Blockade or Quarantine of Venezuela. Bloomberg, 1 de agosto de 2019.

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